jueves, 19 de abril de 2012

Eric Marienthal - It's Love

Cuando coge el nuevo trabajo de Eric Marienthal, It’s Love, no sabe si escucha un disco del saxofonista americano o uno del guitarrista y productor Chuck Loeb. Primero porque se nota a la legua la producción de Loeb en el nuevo disco de Marienthal porque suena a Loeb y porque su guitarra brilla incesante todo el disco. Los dos músicos me encantan y tengo montones de discos de ambos. Pero claro, en este caso, no sé si dudar a quién le has comprado el disco es bueno o es malo. Cuando compro un disco de Marienthal me gusta que suene a Marienthal, porque si quiero que suene a Loeb lo que hago es comprar un disco de Loeb. En fin, parece de perogrullo, pero no lo es. Esto pasa más de lo que uno desearía y el problema es que convierte a los discos en previsibles. Cuando produce Jeff Lorber ya sé cómo va a sonar, igual que si lo hace Russ Freeman. Uno se espera un sonido y no falla.


Y el error es lamentable. Siempre he entendido la música como una sorpresa, como abrir un disco para encontrarte algo que siempre esperas que sea nuevo y no una repetición o copia de algo que ya has visto. Evidentemente dentro de un mismo estilo no siempre es fácil ir de aquí para allá con cambios, pero hay músicos que mantienen el nivel muy alto disco tras disco. Porque mira, el invento luego saldrá mejor o peor, pero el músico que crea tiene que correr riesgos para que los que le compramos los discos sepamos que, dentro de unos límites, lo nuevo va a ser algo distinto e inesperado y para que veamos que hay una evolución. Y el problema es que It’s Love ni es distinto ni es lo esperado. Sí quizás en calidad técnica, de la que Marienthal va sobrado, pero no a nivel de composición. Esto parece más bien hecho deprisa y corriendo para llenar las diez canciones y salir de gira.

Me encanta su sonido, me encanta cómo toca y me encanta su estilo, pero creo que está al borde de mi paciencia. No sé si compraré muchos discos más de este señor. AllMusic le da tres estrellas y media a It’s Love y creo que una es un regalo caído del cielo. It’s Love no es un mal disco pero es infumable a trozos. A las pruebas me remito. El Get Here de Brenda Russell es un tema plano que debería haber hecho un delete en cuanto fue grabado. Te deja mal sabor de boca nada más empezar por la suavidad de su saxo alto y porque es insípido. Y claro, teniendo en cuenta lo que le he visto hacer a este señor la verdad es que me parece ridículo un tema así y ya, ni te cuento, el Can’t Buy Me Love. Es para hacerse el harakiri. Aunque puede ser por mis ascos a todo lo que huela a Beattle. No sé, este tema se me repite y se me atraganta y sólo quiero levantarme a darle al skip.

Pero no sólo de música puede uno reventar. No. También con el diseño de portada de It’s Love. Oyes, vale que el amigo nos quiera vender el asunto, pero así no oyes, esto no es la música. Pero yo, tonto que soy, debería haberlo pillado al vuelo. Si la portada de un disco contiene pétalos de rosa, se llama It’s Love y hay dos saxos alto formando un corazón algo más que forzado entonces es que blanco y en botella, pinta pastelón de los buenos. Si ir más lejos el tema central, que es otro de esos de ábreme la ventana que me tiro al vacío sin cuerda. Dios qué horror. Es el colmo del azúcar en forma de música y no hace ningún bien a lo que se llama Jazz fusión. Salvando las distancias, Marienthal se acerca inexorablemente al tipo de los pelos largos y saxo almibarado en exceso: Kenny G. Otro que, dicho sea de paso, se fue haciendo más soft conforme le vio las orejas al lobo y le iba entrando el dinerito por la puerta de casa casi sin que se diera cuenta. Pero ese es otro tema.

Pero claro, no van a ser todo cosas malas en It’s Love. Ni mucho menos. Afortunadamente Marienthal y Loeb se sacan de la chistera unos cuantos temas que salvan el disco con el bien raspado. El clásico de In A Sentimental Mood es otra balada que me apetece más escuchar a manos de John Coltrane, pero que en boca de Marienthal es también muy buena. También la ha suavizado, no sea que alguien le relacione con el Jazz más extremo, pero aún y así mantiene el espíritu de un tema de lujo. Aunque en la vertiente más fusión el músico nos deleita con Two In One, tema de Loeb en el que ambos brillan tanto que te encierran en la melodía. Los sólos de saxo del uno acompañados acto seguido por la guitarra del otro son francamente espectaculares de principio a fin pero sobre todo antes de acabar el tema, porque la unión de ambos te deja con la boca abierta y sin respiración.

En Costa del Soul, vuelve por los fueros más suaves pero con otro rollo que nada tiene que ver con el tema It’s Love. Esto es verdadera fusión, con fraseos complejos que te animan a afinar el oído para escuchar todo lo que dice el saxo alto de Marienthal. Más o menos como Babycakes, que es un tema muy fusión quizás algo más flojo pero de buen nivel todavía que nadie diría que tiene de por medio Jeff Lorber. Sus teclados suenan pero como no produce él el sonido no recuerda en ningún momento al genio de Lorber. Y de ahí llegamos al que, para mí, es el mejor tema del disco: Café Royale. Es espectacular y es Marienthal en estado puro, recuerda, diría más, al mítico Easy Street, que es para mí el mejor disco de este saxofonista hasta la fecha. Y Café Royale es a la vez el mejor tema del disco sin discusión. Ponle juntos el saxo de Marienthal, la guitarra de Loeb, el piano de Russell Ferrante y añádele el toque de la batería de Gary Novak junto con el Hammond de Pat Bianchi y simplemente échate a temblar.

Café Royale es de esos temas que tienen algo especial. Un tema para llevar a parte y dedicarle un buen rato. Tiene un clima absorvente que se remata a media canción con el solo de Ferrante que justo da paso al climax de un tema que es para sacarse el sombrero y para preguntarle a Marienthal que si sabe hacerlo así por qué no lo ha hecho en el resto del disco. Hombre ya. Y una vez pasado el púnto álgido del disco pues St. Moritz, que es muy buen tema, sabe a poco. Si en vez de Get Here el disco empezara por St. Moritz la cosa sería muy distinta. Porque sea como sea, en este final de disco uno no siente la depresión que te inspira al principio. Los ritmos y los sonidos son totalmente diferentes y se agradece. Y St. Moritz es de nuevo y tour de force entre el saxo y la guitarra, mano a mano, que como toda la buena música se disfruta a alto volumen.

Y para acabar, como no podía ser menos, un pequeño pastel. Romántico y edulcorado pero que tengo que reconocer que me gusta When I Found You. No puede negar que Brian Culbertson es dueño y señor de esas notas. Así pues piano y saxo en solitorio crean un entorno intimista que sirve para rematar un álbum que, ahora que caigo no está nada mal y que me obliga a retractarme de lo dicho un poco antes con lo de la estrella regalada. Sin llegar al notable, porque Eric Marienthal parece que no lo quiere, creo que It’s Love es un disco bastante bueno que podría ser muy bueno si no me lo hubieran rellenado con tres temas basura que en toda regla desmerecen el conjunto. Pero eso sí, y a pesar de las cosas que he mencionado antes, ahora reconozco que las tres estrellas y media son más que merecidas. Oyes, cuando hay que retractarse se retracta uno.



J. Coltrane

martes, 24 de enero de 2012

Altair & Vega

Espectacular, así es como definiría al disco de uno de mis pianistas favoritos y del que tengo montones de discos, Bob James; con una casi desconocida en mi discografía, Keiko Matsui, por la que nunca he acabado de tener especial dedicación debido al exceso de new age que hay en su sangre. Así que podréis imaginar que el culpable de que me hiciera esta vez con el disco ha sido lógicamente al pianista americano. Y no podría estar más feliz aunque no haya mucho Jazz dentro del plástico material. Esta clase discos son siempre una apuesta. Uno decide que su artista no le decepcionará y lo compra con los ojos cerrados, y al menos en mi caso, sin escuchar antes de qué va el asunto. Algunas veces las mezclas raras salen mal pero en este caso el Jazz contemporáneo de Bob James mezclado con el new age de la japonesa ha creado un todo excepcional. Y es que se nota que entre estos dos intérpretes ha habido mucha música y muchos conciertos juntos durante muchos años y eso queda reflajado en Altair & Vega.


Manteniendo las distancias, el proyecto Altair & Vega tiene ciertas similitudes con aquella otra joyita de Bob James de 2001, el Dancing On The Water. Ya digo que este proyecto tiene un aire sin ser exactamente igual, pero en ambos discos James no se rodea de una banda como suele ser habitual para interpretar los temas sino que se centra en el piano/teclados prácticamente en exclusiva pero siempre con Keiko Matsui, ya sea cada uno al mando de un teclado o los dos en el mismo tocando a cuatro manos. El genial Dancing On The Water, en cambio, mantenía la estructura del piano pero más orientado al dúo. Por eso en aquel disco Bob James se juntó con Chuck Loeb, Joe Sample, Dave Holland e incluso con la misma Keiko, siendo un aperitivo de lo que llegaría diez años más tarde.

A pesar de los escasos siete temas, cosa que hoy día ya casi debería estar prohibida para un artista con nuevo lanzamiento con la que está cayendo a nivel de piratería, pero el disco es impecable en todos los aspectos. Aunque siete temas son muy pocos temas, la discográfica se dicidió a vender este disco con un DVD de "regalo" con seis temas más en directo. De los seis temas hay dos nuevos, una versión de Duo Oto Subito que ya incorporó James en Dancing on the Water, y tres temas en versión directo del propio Altair & Vega. Aprovechando que el DVD es en directo, he ripeado ese vídeo y he extraído el audio para poder llevarlo en el iPod de arriba a abajo junto a los temas de estudio y disfrutar así del directo que de otra forma no disfrutaría, ya que no suelo ser amante de ver conciertos en la tele.

Y sí, siete son pocos, pero al menos la calidad es excepcional como era de esperar. Empezando por la nueva versión de Altair & Vega, donde los dos músicos comparten el teclado del piano y en el que al tema le dan un toque más melódico de lo que ya lo era en su versión del Dancing On The Water. Aunque para melódico el sonido de Frozen Lake. Se nota rápidamente que es una composición de Matsui, pero la verdad es que el sentimiento que le dan los dos músicos me encanta y me relaja a partes iguales. Aquí cada uno se sienta en teclados diferentes aportando James las tonalidades del piano eléctrico. La originalidad del disco recala en piezas como Divertimento "The Professor & The Student". Un temazo. Me parece pura música clásica, casi barroca, que es de nuevo interpretado a cuatro manos en un mismo piano y en el que el profesor, James, desde luego se divierte con la aventajada estudiante, Matsui.

Otra de mis piezas preferidas del disco es Midnight Stone, que lleva desde luego el sello Keiko de nuevo. Francamente podría ser uno de esos temas melancólicos de los abundan en la música new age y que te dan ganas de tirarte a la vía del tren, pero la verdad es que en este caso el piano de los músicos no me lleva a esa clase pensamientos y simplemente me relaja y me encanta escucharlo una y otra vez. Invisible Wing es otro temazo de Keiko que no te deja indiferente por su dramatismo y su lírica. Aunque sin duda el punto álgido del disco se encuentra en un tema de trece minutos que es pura poesía musical. Es impactante y sencillamente brutal. Basado en el tema original de Keiko Forever Forever, el Forever Variations es una amalgama de estilos que forman en perfecta compenetración musical. Clásica, new age y Jazz en estado puro y a cuatro manos. Así sí da gusto gastarse el dinero en un disco y no piratearlo.


Y el disco termina de la mejor manera, con un tema de Bach que cuando uno llega a este punto de la partida está muy acorde con lo escuchado hasta el momento. En fin, teniendo en cuenta que con Altair & Vega llego a los 16 discos del músico americano, en este blog era de justicia hacer alguna referencia a la música de Bob James, uno de mis pianistas de referencia con una de las mejores carreras musicales de la historia de la música. No muchos pueden abrir la boca tras 50 en el negocio de la música y seguir dejándonos a todos con la susodicha abierta. James sigue estando en plena forma y sigue mantiendo a la audiencia, y eso no lo pueden decir muchos otros, en constante tensión sobre qué será lo siguiente. A veces simplemente Jazz clásico, otras Jazz contemporáneo, algunas veces sólo piano, otras veces a cuatro manos, pero siempre siempre una música de calidad y genial para sentarse y dejarse rodear por el sonido que producen esos diez dedos que Dios le ha dado. 



J. Coltrane

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Marcin Wasilewski Trio en Barcelona

Pues ésta ha sido una noche de trío. Bueno, de chaparrón musical y de agua y de trío. Pero no de uno de esos guarros de mete y saca, no, hoy la cosa iba de música, de la buena, de la de sacarse el sombrero y de la de pellizcarse para asegurarse a uno mismo que lo que está viendo no es un sueño, sino que la gente que tienes frente a tus ojos dale que te pego con sus instrumentos sabe lo que se hace y además lo hace de cine. El trío en cuestión, el del Marcin Wasilewski, ha sido para el que suscribe una de las grandes sorpresas de la edición número 43 del Festival Internacional de Jazz de Barcelona que, una vez más, está siendo bastante pobre en lo que a cartel se refiere.



Recuerdo perfectamente el momento en que escuché por primera vez la música de Marcin Wasilewski. Fue en París. Andaba yo por la capital del país vecino tras una jornada de training en la empresa que recién estrenaba cuando entré en la FNAC de los Champs Elysees a ver qué se cocía en aquel lugar. Al acercarme a la zona de Jazz escuché las notas del piano de Wasilewski de su disco January. Me dejó en estado de concentración máxima, así que dejé correr un poco el tema y me llevé el disco convencido de que aquel iba a ser una de mis pequeñas maravillas musicales. Y así fue, Januery era genial, y por ese motivo me compré al cabo de un tiempo Trio, el primer disco para ECM y por tanto editado a nivel mundial.

Así pues, el pianista polaco apareció con unos minutos de retraso sobre el escenario de Luz de Gas y tardó nada menos que cuarenta minutos en decir esta boca es mía. Una vez más la cutre discoteca en la que nunca te dejan entrar si no estás un rato buena y a poder enseñas carne fue el lugar elegido para tan magno concierto. Y una vez más salí pensando que parece mentira que una ciudad como la nuestra no tenga un espacio de calidad y de tamaño reducido donde escuchar música y con una buena acústica en el que, ya de paso, uno no tenga que oir cómo el camarero de la barra de atrás sirve una copa, se intenta ligar a la camarera o se le rompe una vaso de cristal. En fin, sea como sea, la disposición del trío en el escenario fue la correcta y éste quedó bañado por una luz entre azulada y morada a la espera de que sonaran las primeras notas.

El trío salió serio y rápidamente pudimos apreciar todos que entre Marcin Wasilewski y, por ejemplo, Richard Clayderman hay varios mundos de distancia y una duda razonabe en lo que al asesinato por motivos humanitarios se refiere. Empezando con que uno tiene una calva reluciente y el otro unos pelos de miedo, y siguiendo con que mientras Clayderman te duerme con sus fraseos azucarados y en extremo melódicos, Wasilewski se adentra en complicados y ricos caminos sobre los que se mueve como pez en el agua acariciando las teclas del piano, y casi se diría que hasta mimándolas, acercándose a ellas en posturas imposibles para mirarlas de cerca, de tú a tú, con una sutileza admirable y sin ataques excesivamente exagerados para crear un ambiente que me dejó impresionado sencillamente porque eso no es fácil con sólo tres instrumentos y ninguno de ellos electrónico.


Lo que también me dejó impresionado es cómo se las gasta el amigo en lo que a genio se refiere. Quizás fue la nota curiosa de la noche. En un momento del concierto, mientras arrancaba un íntimo tema sin acompañamiento, fue objeto de un fusilamiento sin compasión por parte de dos fotógrafos que se acercaron a la primera fila de la platea a inmortalizarlo tocando. Yo, como estaba cerca, pude oír claramente los infinitos clicks de las cámaras, y claro, el pianista también, y no le hizo ni puñetera gracia que le distrajeran en medio de un solo. Así que se giró a la vez que tocaba y dirigió una mirada que, si mataran, hubiera acabado con el dúo de fotógrafos en el acto. Y ellos siguieron click click. De nuevo se giró sobre ellos aún más cabreado y entonces éstos, con cara de tierra trágame, pillaron la indirecta y dejaron de disparar hasta mejor ocasión.

He visto muchos pianistas de fraseo mucho más rápido que el que nos ocupa, como por ejemplo Cyrus Chestnut, que recuerdo que me dejó con la boca abierta por la velocidad a la que tocaba. Quizás porque Wasilewski ha bebido de distintas fuentes más clásicas en vez de otras más Jazz y góspel, pero el polaco crea una música íntima y atmosférica, por lo que contiene el ritmo hasta que lo explota y entonces te das cuenta que si quiere puede acceder a terrenos muchos más complicados y intrincados todavía. Pero su intención es claramente la de crear un ambiente en el que sentirse cómodo. En su mayoría juega con las teclas de las octavas medio altas mientras que las bajas las olvida casi por completo. Centrándose en dos o tres octavas en su mayor tiempo es como logra crear una atmósfera en el que su base rítmica tiene mucho que ver.


Tanto Slawomir Kurkiewicz y Michal Miskiewicz, músicos de nombre impronunciable si no has vivido desde pequeño en Varsovia, exploran al máximo los sonidos que sus instrumentos les permiten. El bajo acústico o con el arco y la batería, que es golpeada en todas las maneras posibles: con baquetas, con mazas o con escobillas. Todo siguiendo el patrón de calidad que marca Wasilewski. Un patrón que por otra parte te apetecería escuchar una y otra vez porque es pura música con sello ECM y tiene esa sonoridad tan típica de la discográfica germana. Incluido el disco que estaba promocionando, Faithful, que como viene siendo norma me compré al finalizar el concierto para irlo degustando en casa sin prisa pero sin pausa. Así que una vez acabado el directo queda sentarse a escuchar Faithful con tranquilidad para descubrir todo lo que guarda el Trío de Wasilewskiescondido en él.



J. Coltrane

domingo, 30 de octubre de 2011

Historia de Una Discoteca

Seguramente el que lea esta historia creerá que son tonterías. Incluso mucha gente que nunca se le ha puesto la piel de gallina escuchando un buen disco o que simplemente le da igual si suena esto o aquello no la entenderá. No entenderá la mística y el arte que hay detrás de un hobby que sin duda marcó mi juventud y en gran medida espero que siga marcando mi vida en el futuro. Quizás hasta es normal que mucha gente no entienda esta historia debido al maltrato que ha sufrido y sufre el arte de la música, por haberla convertido en un simple producto más con el que cualquiera se atreve y que sin duda la está matando o consumiendo inexorablemente. Ya hace mucho que dejó de ser exclusiva de una élite de personas que la estudiaba, la entendía y la amaba.

Pero esta en si misma es la historia de una discoteca. Pero no una discoteca de esas donde se escucha música parrandera mientras se mueve el esqueleto y se taladra a la sujeta de tu lado, no, ésta es una discoteca de las de verdad, de las que tienen discos, muchos discos, y en la que coleccionar discos es tan placentero como sentarse después a escucharlos mientras uno lee el libreto y se entera de porqué esto se grabó así o aquel músico fue escogido para aquella sesión en vez de aquel otro. Algunos de los discos son buenos, otros menos buenos y unos pocos son geniales, irrepetibles y pequeñas obras maestras que han marcado mi vida. La historia, la de esta discoteca, la de mi discoteca, empezó hace más de 20 años, pero se empezó a definir allá por el año 1991, que es el punto de partida de lo que acontece.

La historia tiene un sentido y una forma porque la discoteca se ha gestado durante dos décadas y porque tras este tiempo tiene en su haber más de 1000 discos, cifra que acabo de sobrepasar con las últimas adquisiciones. Desde unos inicios un tanto confusos, intentando encontrar un estilo definido en el que centrarme, hasta ahora que ya el Jazz se ha consolidado y asentado desde hace mucho como el epicentro sobre el que gira casi todo mi espectro musical. Supongo que por proximidad y por facilidad primero fue pop. Después, por casualidades de la vida fue la música new age que me sirivió para apreciar la música instrumental de una forma sencilla y relajada. Y de ahí el primer gran golpe de efecto que vino de mano del Jazz Fusión.

Ese fue quizás el momento más importante de todos. Básico porque en aquel entonces andaba un servidor fervoroso de asimilar y procesar toda la música que llegara a mis oídos y buscaba un estilo que me diera todo lo que yo quería. El Jazz moderno aunó aquellas necesidades y se convirtió en un fiel compañero de viaje de calidad como sólo la música puede ser. Devoré discos, aproveché la llegada de internet, busqué en las radios, leí libros y lo más importante, escuché música todas las horas libres de mis días. Y empecé a mezclar esa pasión por el Jazz añadiéndole otros estilos que aportaban mucho y que sumaban importantes cosas a las carencias que en algunos momentos le encontraba a mi música preferida.

Y entonces llegó el Soul, el Funk y el Acid Jazz, en todas sus versiones y opciones siempre que fueran inteligentes y me resultaran interesantes. Y al Soul de antes le añadí los nuevos valores que llegaban por el horizonte y los fusioné creado nuevos sonidos con mayores matices. Y volví al pasado para deleitarme con una música, el Funk, que por algún motivo un día alguien pensó que había pasado de moda y que ya no valía para la radio. Y a mí me cautivó y me dejó sin aliento escuchar a los grandes del Funk, aquellos que, a diferencia de ahora, tenían un gran respeto por la música y hacían lo que hacían con la pasión del que ha estudiado y ha aprendido desde la base. Aquellos dieron a la música de aquella época una nueva dimensión en lo que a popularidad se refiere porque no olvidaron la calidad en ningún momento.

Entonces me apeteció mezclar un poquito más. Y al Jazz le puse algo de electrónica, cambiando el sonido clásico por algo más moderno y también sumamente interesante. Y muchas veces todo fue por pura casualidad. Cuando internet no era todavía parte de nuestras vidas la única manera que uno podía conocer nuevas propuestas musicales era aventurarse a comprar lo que fuera por motivos de lo más variopintos. Así pues compré discos mirando quién tocaba en ellos o quien lo producía y por tanto esperando tal o cual sonido; también me arriesgué con adquisiciones por pura atracción visual de la portada; o comprando las novedades que veía en la tienda o incluso dejándome asesorar por los vendedores de la tienda de discos.

Pero aquello fue hasta que llegó internet y se popularizó su uso. Entonces las cosas cambiaron rápidamente y, sin dejar de visitar mis tiendas preferidas, empecé a sentarme frente a la pantalla de mi ordenador buscando e informándome sobre las novedades musicales, lo que me permitió reducir el número de errores y ahorrar dinero para luego gastarlo en discos más interesantes. El problema es que la mística de ir a la tienda de discos murió poco a poco en el momento en el que por internet pude encontrar todos los discos que quería y que ni siquiera eran o iban a ser publicados en España. Pero con ello prácticamente se terminó la ilusión de pasar disco tras disco esperando que el siguiente en caer fuera el que buscaba o, mejor aún, uno que ni esperaba encontrar.

Así que poco a poco se fueron añadiendo más guindas a este pastel musical. Diferentes opciones. Algunas pinceladas de flamenco, de swing, de gospel e incluso de folk americano. Pero sobre todo me decidí a centrarme en el Jazz clásico, el de toda la vida, el que lo empezó todo y el que da sentido a todas esas músicas que crecieron junto a él. Y así los discos de Charlie Parker, John Coltrane, Ella Fitzgerald, Bill Evans, Miles Davis, Louis Armstrong, Ben Webster, Billie Holiday y muchos otros de los más grandes llenaron poco a poco esta discoteca, enriqueciendo su sonido y haciéndola aún más completa de lo que ya era. Esos geniales músicos hicieron grande un estilo de música que a pesar de haber sido y ser maltratado habitualmente por los medios atesora una calidad y una clase que para un servidor no tiene comparación con ningún otro estilo de música.

Y así hemos ido creciendo juntos durante todo este tiempo. En 20 años, con todos sus días soleados y sus días lluviosos, la discoteca ha ido creciendo hasta llegar a este punto en el que se ha cruzado la barrera de los 1000 discos, cifra de cuatro dígitos que he querido rebasar con una de mis joyas de la corona. El disco en cuestión es una edición especial de cuatro discos y un libreto de impresión de Verve que contiene una recopilación de los mejores temas de dos de mis compositores preferidos interpretados, quizás, por la mejor cantante de Jazz de todos los tiempos: Ella Fitzgerald Sings the George & Ira Gershwin Song Book. Esa y no otra era la mejor manera de cerrar un círculo que empezó allá por 1991 y que ahora, en 2011, define una historia repleta de música y de buenos momentos. Esa es la historia de los veinte primeros años de una discoteca. Y que sean muchos más.



J. Coltrane

jueves, 21 de julio de 2011

Q Soul Bossa Nostra: Asesinato en Alta Fidelidad

Ya sé que no es lo normal, ya sé que habitualmente cuando escribo sobre música lo suelo hacer siempre escribiendo sobre discos que me gustan y me parecen buenos. Pero esta vez va a ser que no. No puede ser, porque esta vez no hay forma. Vaya por delante que para mí Quincy Jones es Dios, musicalmente hablando. Él está entre lo mejor de lo mejor de la historia de la música, es un músico que lo ha ganado todo en su ámbito y por el que casi siento veneración, pero eso no quita para que cuando el amigo hace un disco malo hasta límites insospechados uno tenga que decir que es bueno porque es suyo. No, este disco no serviría, salvo por algunos temas que se salvan de la quema, ni para posavasos. Hasta ahí podíamos llegar. Su nuevo disco: Q Soul Bossa Nova es malo hasta en el título.


Y eso que los discos de Quincy Jones han sido siempre un seguro de calidad. Los he comprado hasta la fecha con los ojos cerrados, pero a la vista está que esta vez los tendría que haber abierto un poco, porque su última entrega musical es un drama con forma de CD. Esta vez me he colado. Se me hace extraño que alguien con el carrerón musical del señor Jones pueda parir semejante bodrio musical. Eso no es normal en alguien con "sólo" 27 Grammy’s y 79 nominaciones a los mismos. Aunque también es lógico que en una carrera que abarca más de 60 años uno pueda cometer ciertos fallos y patinar como lo ha hecho el amigo, pero este patinazo no me parecere muy normal. Sobre todo para alguien que grabó el espectacular This Is How I Feel About Jazz. Pero de ése al Q Soul Bossa Nostra ha llovido un rato largo.

Cierto es también que hace ya mucho que la crítica no ensalza sus obras como lo hizo tiempo atrás cuando orquestaba para Sinatra o Miles y cuando su orquesta era una de las más reconocidad del planeta, o cuando sus producciones para Michael Jackson eran pura química. Quizás por eso ahora edita un disco cada demasiados años. La crítica últimamente ya no ha puesto muy finos a sus discos. El Live at Montreaux, el Q’s Jook Joint o el Basie and Beyond no fueron aclamados por la crítica precisamente, aunque no creo que ninguno de ellos, aunque de conceptos diferentes, sean malos discos. En especial Q’s Jook Joint, bastante criticado por los especialistas pero que a mí me parece genial. Una mezcla de artistas Soul y músicos de Jazz de sesión con temas de toda la vida pero que fueron bien tratados para que no perdieran su esencia.


Ahora bien, en Q Soul Bossa Nostra, la cosa se ha ido de madre. Algunos de los temas míticos de Quincy Jones, ya sean los compuestos por él como los producidos, han sido desvalijados y desposeídos de la magia que tuvieron, se les ha añadido un exceso de programación y además algunos son cantados con un rapeo que no viene al caso. No sé si tendrá algo que ver con que Quincy sea sólo productor ejecutivo en vez de lo que es un productor típico. Su sonido no se nota en este disco y, además, el nivel de los cantantes está a años luz de aquel Q’s Jook Joint. Ahora la fórmula ha sido en muchos casos usar las bases originales de los temas y dejar que los artistas graben encima sus rollos patateros. Y para muestra un botón: el tema de Ironside. Un temazo que en manos del rapero Talib Kweli da miedo y ganas de ir al baño. Desconozco si este sujeto estará vivo todavía, pero la verdad es que ese rap sobre ese tema es puro terrosimo musical.

Otro clásico, como es el Soul Bossa Nova de Quincy ha sido retitulado como Soul Bossa Nostra y con el mismo concepto de usar la base original se han sumado encima las voces de Naturally 7 y Ludacris. Un feto. Si como en otros tiempos estar bajo la batuta de Quincy era sinónimo de una carrera meteórica en el mundo de la música, no creo que en este caso ninguno de los novatos de este disco despunten mucho. Como es el caso del tal Akon que canta otro de los temas sacrilegio del disco: Strawberry Letter 23. Es de prisión incondicional sin fianza. El tema, cantado originalmente por The Brothers Johnson, era una delicia del Funk con su fina base de guitarra y bajo que ahora ha desaparecido para oír la inefable voz de Akon junto a una retahíla de sonidos sintetizados que asustan.


Luego hay otros temas que, sin aportar en realidad nada nuevo, sí están tratados con más cariño o, al menos, manteniedo un poco los cánones del Soul. Ese es el caso de You Put a Move on My Heart, cantado por esa voz por esa voz privilegiada de Jennifer Hudson que mantiene el tema en un nivel muy alto, aportando su estilo pero sin salirse del sitio. También me parece interesante la nueva versión de Secret Garden, por bien tratada, con el ritmo aumentado y porque el abuso de electrónica no la ha matado. Aunque lo mejor del disco es el light Funk del tema Betcha Wouldn't Hurt Me que canta Mary J. Blidge. Es un tema de la vieja escuela cantado en ese estilo que es puro Soul. También salvaría de la crítica a It’s My Party de la drogodependiente Amy Winehouse. Tratándose de fiestas ella no tiene igual. Pero ya le quedan pocas, aunque ese es otro tema.

Otro de los temas sacrificados a la simplicidad de la radio es de nuevo un clásico del Funk de finales de los 70. Get The Funk Out Of My Face fue todo en hit en su momento de nuevo por los The Brothers Johnson, uno bajista y el otro guitarrista. Pero de nuevo, en este disco, aquella fuerza del Funk de entonces se va casi por completo por el desagüe de la electrónica matando una base rítmica fabulosa. Otro tema del estilo es Give me The Night, que fue el primer número 1 de Benson, compuesto por Rod Temperton y producido por Quincy, es aquí también maltratado hasta el ridículo. No sé qué habrá dicho Benson si ha oído este bodrio de su canción más popular. La frescura del original muere a manos esta versión. Con Benson fue un tema sexy, con su guitarra Ibanez en ristre conseguía un swing que la catapultó a lo más alto. En cambio en la nueva versión la electrónica y la simple base rítmica la han asesinado. Por la espalda.


En fin, éste es un disco que no hace justicia a una carrera de ensueño. A una carrera junto a Miles, Basie, Gillespie, Ella, Dinah, Sinatra, Michael Jackson, George Benson etc... Una carrera plagada de éxitos. Después de 15 años de espera hasta el nuevo disco de estudio del rey de la música yo me esperaba más, me espertaba un disco lleno de música de calidad pero me lo he encontrado vacío, facilón y sin mucho sentido. Hace mucho que Quincy, musicalmente, no transforma en oro todo lo que produce como hizo tiempo atrás, pero la verdad es que sin pedir tanto sí que podría habernos dado un poquito más en este disco que, sinceramente, no hay por dónde coger. Todos los temas de Q Soul Bossa Nostra han sido geniales en su momento y lugar, pero aquí se vuelven pequeños, insípidos y quizás demasiado modernos. En este caso, lo nuevo de Quincy, es un verdadero asesinato en alta fidelidad.



J. Coltrane

jueves, 7 de abril de 2011

Lee Ritenour en Concierto

Creo haber dicho alguna vez que no, que aquí en Miami el Jazz no es una música muy de moda. Aquí, a la latinada, se la trae floja si toca un maestro de la guitarra o uno del piano, aquí sólo hay un poco de movilización si hay aaasúcar!! en el concierto o, en todo caso, si viene el enésimo hortera latino con sus pirsins, sus tatus y sus cadenas de oro de kilo y medio. A pesar de eso, de vez en cuando hay iniciativas tan interesantes como la promovida por el mítico Larry Rosen y a la que llamaron Jazz Roots; una serie de conciertos con las diferentes variantes del Jazz de hoy. Y todos ellos en el mismo lugar, el genial Adrienne Arsht Center. El lugar en concreto es una impresionante construcción arquitectónica que llama la atención nada más acercarse a ella. Constituida por dos espectaculares salas de conciertos separadas por la calle Biscayne Boulevard es una joya de la ciudad y una maravilla en cuestión de acústica.

Desgraciadamente no he podido ir a más conciertos del programa Jazz Roots, pero no quería dejar que terminara sin asistir una vez y, sobre todo, porque el artista escogido para cerrar la serie de conciertos era Lee Ritenour. Han venido grandes artistas a estas series de conciertos, como Marcus Miller, Keith Jarrett o Wallace Rooney, pero Lee Ritenour es uno de mis guitarristas preferidos de todos los tiempos, así que había que ir a verlo. El concierto, en realidad, era medio concierto, porque el cartel también daba entrada al prodigioso Al di Meola, que ya de paso, y como nunca me he interesado por su música, tenía ganas de ver qué tal. Ambos músicos llegaban al Knight Concert Hall, una sencilla e inmensa sala de conciertos donde predominaba la madera de color claro. Esa sala, junto con el Ziff Ballet Opera House, forman el conjunto del Adrienn Arsht Center.

Lo primero que me llamó la atención en el lugar del concierto es la vestimenta de muchas gentes. A ver, el sitio es una preciosidad, pero un concierto de Jazz no es lugar al que ir con taconazos, vestidos y de punta en blanco. A ver Rigoletto igual vale (aunque podríamos discutirlo), pero a ver un concierto de Jazz no. Siempre digo que la manera de ir vestido a un concierto ha de ser, más que marcada por el lugar en el que se celebre, marcada por el vestir del artista al que vas a ver. O sea, que si Lee Ritenour y Al Di Meola, que tocan la guitarra un rato largo, salieron con jeans, deportivas y una camisa no muy bonita que digamos, ¿qué hace el respetable con vestido, traje, corbata y tanga de lentejuelas? Pues no, no hace falta, y seguro que Lee nunca tendría una queja por eso.

Otra cosa que llamó mi atención, aunque lo intuía, fue ver que la sala no estaba al 100%. En platea había muchos sitios vacíos, lo que confirmó que en Miami ya podría resucitar mi primo John Coltrane, que aquí ni Dios se anima a este tiki taka musical que se llama Jazz. También hay que decir que los más de 100$, entre pitos y flautas, que costaba la entrada en platea pueden haber ayudado a que la gente diga que ni de coña. Yo pagué 55 dolores por una entrada en el tercer piso y, aunque se veía y se oía de coña, la verdad es que para mi gusto estaba un poco lejos. Y suerte que a mí me llevaron, porque el parking costaba 15$ más. En fin, que con puntualidad meridiana apareció Larry Rosen y una señora que no sé quién era pero era alguien y nos dieron las gracias por gastarnos el dinero y por la confianza y que si patatín, que si patatán. Plas plas plas, y que salga el músico. Y salió, primero Lee, una gran noticia.

Ritenour apareció en cuarteto, cosa que no esperaba. No por nada, pero pensaba que iría con saxo. Pero no, apareció con Melvin Davis, su bajista de confianza y, que fue lo que más me llamó la atención y me puso los pelos de punta, también con el batería de la banda, que era el infatigable y extraordinario Sonny Emory. Aquello tenía buena pinta. El pianista, con máster del universo en Jazz en la University of Miami, era un tipo al que diría que habían metido en la banda hacía poco o para poco tiempo, tocaba muy bien, pero no lo vi muy integrado. No recuerdo su nombre, pero Lee le dejó bastante de la mano y sólo se acercaba a hacerle cariñitos musicales a Melvin Davis y a Sonny Emory, y al otro que le den. Melvin Davis curiosamente presentó un bajo de 7 cuerdas, que el público celebró con un sonoro aplauso. En el Jazz es bastante habitual ver bajos de 5 y hasta 6 cuerdas, pero de 7 no había visto en mi vida. Este “cacharro” cuesta del orden de 7000$.

La actuación de Lee fue espectacular, domina sus guitarras de manera extraordinaria, supongo que de ahí lo de Captain Fingers, como lo denomina la profesión. Un músico avalado por distintos Grammys, montones de nominaciones, y la participación en más de 3000 discos. En la costa oeste Ritenour ha sido uno de los músicos de sesión más reclamados en su larga trayectoria de 40 años, con otros tantos discos geniales a sus espaldas. Geniales en especial cuando se ha alejado de los sonidos brasileños que a épocas tanto le han apetecido. Tengo que remarcar, como decía antes, la presencia de Sonny Emory. Me dejó a punto de nieve. Brutal. Increíble. En serio, nunca he visto hacer nada igual con la batería ni he visto mover las baquetas a esa velocidad ni con ese control. Fue increíble y su solo final de despedida levantó a la audiencia que, supongo que como yo, no se creían lo que estaban viendo. Parecía mentira que hicera girar baquetas en sus manos con aquella facilidad para luego golpear platos y cajas. De verdad, era verlo para creerlo.

Lo que sí me dejó helado, pero de mal, fue que Ritenour y su banda estuvieron, tirando largo 45 minutos sobre el escenario. Por no haber no hubo ni un triste bis que echarse a la boca. Se despidieron, zenqiu, zenqiu, y a tomar por saco, que pase el siguiente. Me quedé flipando. Vale que había que dividir la velada en dos, pero hombre, al menos una hora entre esto y aquello sí hubiera podido ser, sobre todo porque Al Di Meola tocó como una hora y cuarto. En fin, eso fue un golpe bajo, así como el hecho que entre Ritenour y Di Meola pararan casi media hora. Yo ya no sabía dónde mirar. La gente salía y charlaba y tomaba algo y eso, pero yo, por alguna extraña razón, a 8$ el medio bocadillo pierdo el hambre. Tendré que ir al médico. Así que bueno, después de un concierto de sacarse el sombrero y regalarlo y de la espera salió Di Meola, el virtuoso.

La banda de Di Meola, pensé, era como un chiste. Había un húngaro, un francés y un cubano. Y sobre todo había algo que no me gustó, mucha percusión. La música del maestro no me acabó de matar, la verdad, pero él, como guitarrista es increíble. No he visto en la vida nadie tocando notas a esa velocidad con la guitarra. Fue simplemente increíble ver esa velocidad de digitación mezclada con una banda que sincronizaba movimientos con exquisita exactitud. Impresionante. Tocó, según dijo, sus temas clásicos y los de su nuevo disco. En fin, puede ser, que no conozco su carrera, pero el directo fue de película. Lo que ya no me gustó tanto fue el dueto improvisado con Ritenour ya al final, que salió un momento a ver qué hacía, pero no acabó de quedar bien, porque ni era su estilo ni aquel rollo le iba a su medida. Pese a eso, los conciertos fueron de primera y salí con un maravilloso sabor de boca del Adrienne Arsht y, dicho sea de paso, con una hambre que me moría.



J. Coltrane

jueves, 10 de febrero de 2011

The Rippingtons en Concierto

Pues eso, que sigo en mis trece de recorrer la geografía de Florida para ver esos conciertos que en mi pueblo son francamente difíciles de ver. Esta vez han sido los Rippingtons encabezados por Russ Freeman los que me han hecho moverme de casa para ir a verlos. Y esta vez ha sido la pequeña localidad de Davie, como a 30 kilómetros de Miami, a la que han llevado su música y a más de 400 seguidores en el concierto de ayer noche que era el que abría su gira de 2011. El lugar escogido era el Rose & Alfred Miniaci Performing Arts Center, una sala de conciertos bien maja que, como si nada, está en medio del campus de la Nova Southeastern University. Aquí en cualquier lugar te encuentras una sala de conciertos con cara y ojos. Eso sí, todas ellas bien patrocinadas por los mecenas de turno. Los Miniaci de toda la vida se dejaron una pasta en esta sala de conciertos.

El escenario era sencillo, como suele ser en estos casos en los que un grupo vende música y no lucecitas y watios de potencia sonora. Aquí no había ni fuegos artificiales ni cachondeos varios, sólo lo justo y necesario para un concierto de casi hora y media. Una platea recubierta de madera y una sencillas luces de colores en los costados para añadir un poco de color durante los temas. Y la calidad de sonido como esperaba, el Miniaci Performing Arts Center tiene una acústica más que buena para un lugar como el que es, y seguramente ese sería otro punto por el cual el aforo estaba vendido al 95%, cosa que no está nada mal.

Pero no saben nada los amigos de los Rippingtons, medio país pelándosela de frío y con nieve hasta las cejas y ellos en Florida de conciertito. Qué listos. Después uno en Cape Canaveral y luego tres dáis de crucero en el Florida Smooth Jazz Cruise. Así ya se puede. Pero bueno, sobre el concierto de Davie, que empezó con 15 minutos de retraso, el resumen es que estuvo genial, fueron Rippingtons en estado puro. Fue un super concierto y salí totalmente admirado por la química que hay entre el guitarrista Russ Freeman y el saxofonista norteamericano de origen asiático Jeff Kashiwa. Ellos dos como músicos brillan un rato largo durante todo el concierto, mientras que el resto de la banda pasa un poco más inadvertida, pero en realidad esa es la música de los Rippingtons.

Toda la música creada por Russ Freeman lleva el mismo sello y está concebida prácticamente para guitarra y saxo, y eso es así desde hace más de 20 años en los que siempre ha estado Russ y en los que casi siempre ha estado Kashiwa. Otros míticos que en algún momento estuvieron al mando del saxo de los Rippingtons fueron Kenny G, muy muy al principio, y el gran Eric Marienthal, que ha ido intercalándose con Kashiwa cuando éste no estaba disponible o estaba con su propia carrera musical. Ayer, de todas formas, tanto baterista como bajista pudieron lucirse de forma especial en un par de ocasiones cada uno, demostrando que de tocar saben un rato largo.

El baterista, Dave Karasony, se marcó un gran solo en el que, por desgracia, tuvo el error de perder una baqueta casi al final del mismo, aunque lo solucionó cogiendo otra tan rápido como pudo. El sonido del bajo, Rico Belled, por otra parte no es un sello distintivo del sonido Rippingtons, pero cuando le dejaron jugar sí supo marcarse un buen solo de slap con el bajo. Y es que tanto uno como el otro tienen por detrás un currículum que asusta y deja claro que quizás entre Kashiwa y Freeman en los Rippingtons no puedan brillar mucho, pero buenos son un rato largo. El teclista, Bill Heller, es el encargado del sintetizador que rellena, a veces en exceso, el sonido Rippingtons. Diferentes sonidos con un mismo teclado son la forma de darle una ambientación a los temas en directo.

Me encanta la forma de tocar de tocar de Russ Freeman, pero a la vez me encanta el sonido desgarrador del saxo de Kashiwa. Entre ellos hay una conexión que se palpa cuando el uno dobla las notas del otro bordándolas y demostrando que llevan muchísimas horas juntos subidos en el escenario. Aunque sí tuve la sensación que la guitarra de Freeman se ciñe mucho más al guión de los temas originales de lo que lo hace el saxo (o incluso el EWI) de Kashiwa, al que vi improvisar más que a Freeman durante la hora y 25 minutos que duró el espectáculo; tiempo en el cual Freeman se dolió de sus manos después de algunos solos, como es muy habitual cuando los guitarristas alcanzan una cierta edad y tocar según qué notas se hace cada vez más complicado.

El inicio de esta gira coincide con la puesta en escena del nuevo disco del grupo: Côte D’Azur. Tengo que decir que aún no lo tengo (pero será mi disco 14 del grupo). Lo iba a comprar ayer noche pero la verdad que pagar 20$ por un disco que en Amazon lo venden a 14$ pues como que no. Entiendo que se tengan que pagar el crucero, pero así no majos. Bueno, a lo que iba, que aún no tengo el disco, pero después de oír los temas que avanzaron ayer tengo la sensación de que la caída de la calidad y la composición siguen en picado y además creo que no soy el único que lo piensa. Se notaba en el ambiente que los temas clásicos del grupo eran los más esperados y que los temas de los últimos discos eran tomados con cierta frialdad por el respetable. Quedan lejos los Curves Ahead, Tourist in Paradise o el Black Diamond. Tengo la sensación de que se ha
perdido un poco de frescura y la repetición de los sonidos es casi dolorosa.

Me sorprendió, porque suele ser habitual, que Freeman no tuviera un arsenal de guitarras a mano. Apenas 3 guitarras había en el escenario aunque una sólo la usó en un tema del nuevo disco. Así que tiró de acústica pero sobre todo de una eléctrica. Según comentó en casa tiene muchas otras que saca a pasear bien poco. Es raro, digo, porque normalmente los guitarristas suelen escoger distintas guitarras para dar distintos colores a la música que tocan. Pero sea como sea, la verdad es que me fui encantado del Miniaci después de haber podido ver que uno de mis grupos favoritos de todos los tiempos seguía tan en forma como yo esperaba. En directo los Rippingtons son tan buenos como en estudio, lo que me deja la mar de tranquilo.



J. Coltrane

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Tres Pájaros (y Pico) de Un Tiro

Ya quisiera yo uno así para mi pueblo. Aquí en los States los hay prácticamente en todas localidades medianamente grandes, arts center, performing art center, theater, o como quieran llamarlos, pero hay portodas partes. En cambio en en España, o al menos en la parte donde yo vivo, brillan por su ausencia y hay que caminar mucho para darse de morros con sitios así que valgan la pena. En cambio aquí no, uno puede ir a una pequeña localidad y allá encontrar una sala de conciertos (o dos) como la que me encontré el pasado lunes cuando me jugué el panizo para ir a ver a Dave Koz y compañía en concierto en el Au-Rene Theater, lugar que forma parte del Broward Center for Performing Arts, en Fort Lauderdale.


Fort Lauderdale, en donde vivían las extintas Chicas de Oro, es una ciudad que está a unos 40 kilómetros de Miami y que anda llena de abuelos con bermudas y camisas floreadas y, para los que venimos del sur, es como reencontrarse con los Estados Unidos. Glorioso país. No tanto a nivel visual, que es ciertamente parecido a Miami pero en pequeño, si no más bien a nivel de comunicación con las gentes. Entenderéis lo que quiero decir teniendo en cuenta que en Miami lo difícil es que te hablen en inglés. En cambio en Fort Lauderdale la cosa cambia, uno vuelve de golpe al darse cuenta de dónde vive.

Cogiendo la interestatal I95 en dirección norte son apenas 60 minutos de bonitas y lentas retenciones de tráfico lo que se necesita para llegar hasta el lugar si uno, o sea, un servidor, pretende ir en hora punta. Si no, en más o menos media hora debería ser suficiente para plantarse allá. El camino es francamente sencillo, motivo por el cual me dicidí a irme sólo de concierto sin la mano que mece mi cuna aquí. Así que, entrada en mano, con la I95 puesta entre ceja y ceja y en mi GPS, y atento por si la policía se aparecía sin invitación en mi espejo retrovisor me dirigí hacia lo desconocido. Ah, y también porque empezando el concierto a las 19:30 de la tarde uno no puede esperar que le acompañe ni el tato. Que trabaja.

Y como soy un hombre precavido, salí dos días y medio antes del inicio del concierto, por si se daba algún imponderable. Pero como todo salió como esperaba, me encontré en Fort Lauderdale una hora y media antes de que empezara el concierto. Así que como tenía tiempo hasta para regalar me fui a pegar un paseo por los alrededores del Au-Rene Theater y me encantó el lugar. Por fuera era precioso, junto al río, con sus palmeritas y sus cosas de Florida, y por dentro, cuando metí la puntita, aún me gustó más. Una sala de conciertos para, extrañamente, dar conciertos. No era un lugar adecuado a la música por un tiempo limitado. Además, un ejército de trabajadores estaban a tu disposición para guiarte hasta tu butaca (igualito que en España), hasta el bar a pillarte un pelotazo o incluso hasta el baño a sujetártela si fuere necesario, y todo con una sonrisa en los labios.

Y llegó la hora de que se apagaran las luces. Pocos minutos después de la media salió Dave Koz al escenario entre una brisa glacial que caía de las salidas de los aires acondicionados. La idea de que me encontraran fiambre en la butaca y con el moquillo congelado me atormentó buena parte del concierto, pero la verdad es que no se dio el congelamiento porque el concierto estuvo super bien y las masas abarrotaban el lugar. Y eso que me daba un poco de miedo porque porque era la 13ª edición del “Koz Smooth Jazz Christmas”, y a uno le gustan los villancicos, pero con medida y si no los canta mi abuela. Lo que pasó es que sobre el escenario se juntaron tres (y pico) de los músicos que más me gustan, así que aunque hubieran tocado la “pandereta Christmas” les hubiera ido a ver. Tres y pico al precio de uno.

¿Y por qué tres y pico? Bueno, porque además de mis tres favoritos se añadió al grupo un pedazo de mujer holandesa más alta que ancha cargando un saxo alto que, dicho sea de paso, y perdón mujeres del mundo, no le quedaba nada bien. La tía toca un rato bien, pero a esa clase de mujeres les va más desfilar por la pasarela en vez de tocar el saxo. No sé, es una chorrada, pero no la veía con su instrumento. Y por ello pido perdón y prometo flagelarme. En fin, Dave Koz acompañado por Brian Culbertson, Jonathan Butler y, de regalo, Candy Dulfer, me dejaron bien impresionado por lo bien que se pueden hacer las cosas y porque dejaron claro que un concierto de villancicos no tiene por qué ser digno de suicidio.

Los cuatro músicos se respetaron mucho y se dejaron el espacio suficiente para poder brillar en todo momento sobre el escenario. Aunque se podría decir que Koz musicalmente no me sorprendió, lo esperaba bueno, pero sí lo hicieron tanto Culbertson como Butler. El primero por su interpretación y su capacidad de tocar el piano y el trombón, mientras que el segundo porque es tan buen guitarrista como vocalista. Fue curioso verle cantar igual que como lo hace en los discos. Cuando uno ha ido a muchos conciertos ya sabe que la voz en directo no suele ser como la de estudio, en cambio con Jonathan Butler esa regla no se cumple, tiene una voz de lo más potente y bien ajustada que me dejó asombrado. También me dejó sorprendido la calidad vocal de Candy, la cual no sabía que cantara y que además lo hiciera tan bien.

Tras la primera hora de concierto alternando los villancicos más Funk que he oído en mi vida, el concierto paró por media hora. En España los conciertos no suelen parar por lo que suerte que mi inglés va mejorando, que si no, en otras condiciones yo cuando viera encenderse las luces y gente levantarse hubiera salido disparado para el coche y de vuelta a casa. Tras el parón, en el que aproveché para comprar el último disco de Dave Koz, el grupo volvió a las andadas durante una hora más pero ya tocando temas de sus últimos discos y hablando un poquito, contando historias personales y demás que hizo que el tiempo del concierto se esfumara, lo que siempre es buena señal.

Sin olvidar, eso sí, la puesta en escena, que para ser un concierto de Jazz y no de pop, la verdad es que estuvo muy bien trabajada, con buenos efectos de luz y color y una potencia del sonido ajustada a las necesidades del entorno. Un diez también en eso. En fin, que me la jugué por las carreteras de este país pero valió la pena hacerlo, exactamente 63$ + 12$ por aparcar. Fue divertido ver a tres grandes iconos de mi discoteca juntos y, aunque hubiera preferido verlos tocando otros temas distintos a los de Navidad, no sesión musical no estuvo nada mal, me encantó estar en aquella sala de conciertos preciosa y que sonaba francamente bien y gracias a la cual pude matar tres pajaros (y pico) de un tiro.



J. Coltrane

miércoles, 1 de diciembre de 2010

When The Saints Go Marching In

Me apetece porque hace tiempo que no toco ninguno de los grandes clásicos. Lo hice con Love For Sale, con Mack The Knife, y con The Way You Look Tonight entre otros y ahora he escogido uno de los temas que más me gustan del repertorio del Jazz de toda la vida: When The Saints Go Marching In, un tema que traspasó la frontera del Jazz y del Gospel, frontera por otra parte que en muchas ocasiones suele ser tan difusa que se entrelaza uniendo dos estilos que se alimentan mutuamente. Precisamente When The Saints Go Marching In es el claro ejemplo de esa conjunción. Nacida en el seno del Gospel traspasó la línea para instalarse cómodamente en el campo del Jazz, en especial el ragtime de New Orleans.

When The Saints Go Marching In, nacida probablemente en New Orleans como canto espiritual negro para las marchas fúnebres, es una tema de autor desconocido y de dominio público, motivo por el cual quizás se ha dado a decenas de versiones y adaptaciones, quizás también debido a su simplicidad. Aunque el músico que más la versionó y más hizo por llevarla al gran público fue Louis Armstrong, que la grabó en cerca de 40 álbumes en diferentes versiones. Siendo este motivo el más que probable desencadenante del éxito que tuvo y tiene y lo que la convirtió en un clásico del Jazz que, habitualmente, es interpretada por bandas dixieland. Armstrong, a su vez, fue uno de los pioneros en reconvertir viejos temas Gospel y adaptarlos a grandes bandas de Jazz de New Orleans.

Hubo una versión que a menudo se confunde con esta que se llama When The Saints Are Marching In, compuesta en 1986 por James Milton Black y Katherine Purvis, pero que en realidad nada tiene que ver con el tema que más tarde popularizó Louis Armstrong y que jazzstandards.com situa en el puesto 282 de la lista de estándares del Jazz. Incluso estudiosos de la música equivocaron sus análisis y creyeron que When The Saints Go Marching In fue el mismo tema creado por Black y Purvis, pero nada más lejos de la realidad. El tema que nos ocupa no tiene unos orígenes claros ni precisos.

Alrededor de 1938 fue el año en que Armstrong la lanzó para que fuera descubierta y consiguió que perdiera parte del tono apagado y triste que tenía en sus orígenes, para pasar a tener un ritmo trepidante que la hizo muy apetecible para las grandes bandas de dixieland Jazz. Parece ser que en los funerales de New Orleans, el féretro es (o era) acompañado en procesión camino del camposanto mientras se entona When The Saints Go Marching In en su forma de canto fúnebre para que, en pleno camino, el cortejo fúnebre vaya acelerando el tempo hasta llegar al ritmo trepidante del tema que el Gospel regaló al Jazz.

Aunque de composición realmente sencilla a nivel de música y letra, en los círculos de músicos de Jazz es llamado “El Monstruo” porque es el tema que la mayoría de gente conoce aunque no sean amantes del Jazz, así que los músicos temen que durante una audición el respetable pida esta canción una y otra vez. Así que para evitar que la gente lo solicite sin medida, en lugares como el famoso Preservation Jazz Hall si alguien quiere pedir a la banda que toque este tema deberá abonar 10$ para que el grupo lo toque sin reparos y sin malas caras. Cualquier otro tema bajo petición cuesta 1$ ó 2$, pero The Saints es tan conocido que los músicos están hartos de tocarlo. El público ama este tema mientras que los músicos lo odian.

Desde luego hay muchas versiones grabadas, incluidas las versiones de Louis Armstrong, que fue cambiando el tema con el paso del tiempo. De todas ellas, mi versión preferida es una que grabó el propio Armstrong con el genial actor Danny Kaye en una de las incursiones del primero en el mundo del cine. La película en cuestión es The Five Pennies (1958), que algún fenómeno de la época tradujo en España como Tu Mano En la Mía. En fin, sin comentarios. The Five Pennies es la biografía del trompetista Red Nichols, y en ella cuenta sus principios en el mundo de la música hasta que creó su banda Five Pennies. El propio Red Nichols puso la música a los solos de trompeta que simulaba interpretar Danny Kaye en la pantalla. La película se llevó 4 Oscars y además nos dejó esta pequeña obra de arte a dúo:



El tema ha sido grabado cientos de veces, entre otros por Judi Garland, Elvis Presley, e incluso, y si Dios fuera justo no lo hubiera debido permitir, por los Beatles. Otros grandes músicos se atrevieron con él, como Lionel Hampton, Nat King Cole, Harry James, Coleman Hawkings, Louis Prima, Jerry Lee Lewis, etc... Aunque allmusic.com tiene más de 2000 entradas para ese tema con todas las versiones que uno pueda imaginar y en casi todos los estilos, del Gospel al Jazz pasando por el Blues, el rock o el pop. Incluso Bruce Springsteen se atrevió a hacer una versión en directo, cosa que personalmente, se podría haber ahorrado. Bueno, así es la vida, tiene que haber para todos los gustos y de todos los colores.

Aunque eso sí, si se han hecho algunas grandes versiones del tema las encontraremos entre las muchas grabadas en directo por los músicos del Preservation Jazz Hall de New Orleans, uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad y que preveo visitar en cuanto ponga un pie en la ciudad del Jazz. Esos músicos llevan el tema que nos ocupa en la sangre porque esa música creció en su interior cuando poco a poco se iban impregnando de la magica del Jazz local, por eso esas versiones son punto y aparte. Pero, aunque como digo, si me tengo que quedar con alguna de ellas, la mía es la de Louis Armstrong y Danny Kaye. Esa versión de When The Saints Go Marching In es excepcional.



J. Coltrane

Sí Pero No Michael, Sí Pero No

No creáis que no me sorprende. No sé, yo hace montones de años que sigo cantantes tipo Bublé. A parte de Sinatra, santo y seña, también me han interesado otros como Bennett, como Ella, Billie, y más en nuestros días como Harry Connick o Michael Feinstein. Por eso me fascina que un músico como Bublé llene estadios como el que he visto lleno hasta la bandera la pasada noche. Y francamente me cuesta de entender. No sé si será porque es guapito, porque canta super bien, por una millonaria campaña de marketing, o porque ha sabido ponerle a su repertorio de Jazz la dosis justa de pop para enganchar a la audencia. No sé.

Pero sea como sea, me fascina que alguien hoy día pueda cantar Mack The Knife ante diez mil personas junto a una banda de Jazz como si cantara Bulería Bulería. Cuando miraba a mi alrededor no dejaba de sorprenderme al ver a tanta gente junta en el Sant Jordi para, entre otras cosas, escuchar Jazz. Estoy completamente seguro que esas mismas canciones en manos de otro u otra no hubieran despertado ni la mitad de interés que despiertan cuando es él el que las canta. Supongo que así es la música y así es la gente. Esta es la magia de este arte, lo que puede engancharte a ti puede revolverle el estómago a tu vecino. Curioso.

Es curioso sobre todo porque el Jazz en los días que corren es una música casi proscrita y minimalista que no engancha a casi nadie, en cambio Bublé, con un poquito de aquí y un poquito de allá sabe darles a todas las audiencias lo necesario para que nos enganchemos, los unos por lo uno y los otros por lo otro, a su música que él complementa a la perfección con una voz potente y hecha a medida de las canciones que canta. Cosa nada fácil. El tipo es un showman de cuidado que demuestra ser divertido además dominar perfectamente los tempos sobre el escenario. Se mueve por él como pez en el agua, con el micro, se desliza, y lo más importante: sabe ser generoso con sus músicos permitiéndoles lucirse. Y lo hacen de maravilla.

Y claro, sí, yo lo entiendo y quizás hasta haría lo mismo, pero la verdad es que es un error importante, desde mi punto de vista, la elección del lugar del concierto. Esta noche Michael Bublé se ha lucido sobre el escenario del Sant Jordi pero el lugar no ha estado a la altura, simplemente porque la acústica es penosa. No es por nada pero la música de Bublé no luce nada en un lugar que está construido, no lo olvidemos, para todo menos para dar conciertos. Su voz se ha oído meridianamente clara cuando no se acercaba demasiado al micro, pero cuando la banda se ha puesto a funcionar en conjunto se han visto las limitaciones del lugar.

Tengo que decir igualmente que el sonido me lo esperaba muy muy malo y al final sólo ha sido malo. He preferido ir preparado para lo peor para que, llegado el caso, si al final la cosa no iba tan mal pues oyes, todo eso que te llevas. Y efectivamente, así ha sido. Y ese es un fallo que Bublé debería ver y poner remedio porque vale, en espacios así ganará mucho más dinero, pero el espectador pierde los pequeños detalles de su música que es imperdonable que se pierdan. Aunque también es verdad que quizás parte de esos espectadores no les importe mucho si se oye más o menos bien.

Total, que la fiesta ha empezado con 15 minutos de retraso, no está mal. Ya la gente se impacientaba, así que le han dicho que saliera pitando que el populacho se sublebaba. Y a las 21:45 en punto se apagaban unas luces y se encendías otras. Abría el concierto con una cover de Jazz genial: Cry Me a River. Y así ha ido la cosa, empezando con Jazz hasta diluirse poco a poco para llegar al pop que mejor sabe hacer Michael Bublé y con el que ha conseguido atraer al gran público. Entonces todo era baile y fiesta.


Eso sí, el concierto me ha parecido excepcional y, quitando el “pequeño” detalle de la acústica, todo lo otro ha sido sobresaliente. El stage estaba muy bien decorado, sin grandes excesos pero suficientemente bien para que, los que estábamos a tomar por saco del escenario, estuviéramos seguros de que el que estaba cantando era Michael Bublé y no su primo Miguel Chiclé. Suerte de los monitores, porque yo a él lo veía en la lejanía. Ese es otro pequeño detalle de estos que me dan un poco por saco. Ver al figura desde la distancia le quita romanticismo al asunto, pero bueno, cuando uno quiere estar en conciertos de masas pues ya se sabe.

Otra cosa a destacar ha sido su voz. En directo las voces de los artistas suelen ser menos buenas o afinadas que en los discos donde, gracias a la informática, algunos hasta parece que tienen voz. Pero oye, Bublé en ese campo ha estado de 10. No se le ha visto bajar la guardia en ningún momento y francamente me ha dejado sorprendido. Su voz es tan buen en directo como en estudio. Otro punto a su favor. Tampoco me quiero olvidar de la estética. Me gusta fijarme en esos detalles. Me gusta ver como todavía quedan músicos que tocan en concierto alegantes, bien vestidos y pasados por la ducha. Hoy día eso es casi un milagro. Ahora lo normal es ver sobre el escenario a un piojoso que debería ser desinfectado.

Y así ha ido todo, me lo he pasado teta viéndole cantar temas como I’ve Got The World on A String, All of Me, Me & Mrs Jones, Feeling Good, así como una espectacular versión de Mack The Knife. Además he tenido suerte de no estar cerca de esos grupos de mujeres post menstruales, que los había, que le gritaban como si estuvieran en celo, las jodías. En fin, como digo, él ha estado genial, sabiendo hacer bien su trabajo, siendo divertido con el público y siendo, sobre todo, agradecido por el dinero pagado para verlo. Pero lo peor, sin duda, así que una y no más Santo Tomás, ha sido la mierda del Palau Sant Jordi, al que va a volver, para un concierto, Rita la Cantaora. Ahí la organización se han colado. Sí pero no Michael, sí pero no.



J. Coltrane

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Los Beatles: Una Tortura Remasterizada

Me meo toa con la noticia de que los Beatles regresan por todo lo alto, otra vez. No sé, igual hace muchos meses de su último regreso, pero yo al oír el Yellow Submarine y el Imagine tengo la sensación de que fue ayer mismo que salió a la venta el enésimo Best of de los chicos de Liverpool. Joder, esto ya lo he vivido. La diferencia es que esta vez, al menos, ni vienen en disco doble, ni en vinilo, ni en MP3 ni ná, vienen remasterizados y supermineralizados, con un sonido más puro, digamos.

Es curioso que lo vendan con esa propaganda porque ahora que va todo cristo con su reproductor de MP3 y su música bajada del eMule o del Ares, por lo que, en general, al populacho se la trae floja si el emepetrés de turno viene remasterizado, microprocesado, multiplexado o como coño venga, porque mientras se oiga y sea gratis, tira palante. Así pues, viene EMI y dice que estos discos, material inédito a parte, llevan una remasterización de mil pares de kilobits para que los amantes de los Beatles disfruten y se pongan palote con esos temazos en estado puro.

Y digo yo que parte de la gracia de los Beatles será oírlos en plan sucio, como fueron grabados hace tropecientos mil años ¿no?, con sus refritos de fondo del vinilo y el correr de la cinta de cromo. Pero parece ser que no, que ahora los queremos que se oigan tan bien que nos hagan irnos de baretas en cuanto el submarino amarillo empiece a sonar. En fin, tengo dudas de cómo sonará John Lennon cuando le limpien todos los ruiditos añadidos en el original. Dios, qué miedo... Siendo (muy) fino, nos vamos a estremecer de la emoción.

Pero cuando he estado a punto de quedarme sin echar gota ha sido cuando he leído que además esta vez vienen con videojuego incluido, el acabose. Lo bueno del asunto es que el videojuego va de tocar los distintos instrumentos entre la infinidad de joyas de la discografía biteliana. Uno dice que bueno vale, un videojuego, pero que vaya de "tocar" instrumentos cuando si algo no hacían los Beatles era tocar nada que tuviera forma de instrumento, basicamente porque no sabían, pues manda cojones.

Y es que como ya dije una vez, los Beatles (o Bitels, según semire), serán mi grupo incógnita por los siglos de los siglos. Francamente nunca entenderé su éxito ni que la gente hoy en día siga perdiendo la chaveta por comprar de nuevo las cancioncitas de Lennon y su hueste, que ya las hemos oído medio millón de veces, como mínimo. Pero hay que reconocer, siendo justos, que para no saber cantar, ni saber tocar, ni saber nada de nada de música, no lo han hecho mal. Sobre las letras, pues hombre, como en botica, un poco de todo.

La cuestión es que yo los hacía medio enterrados y resulta que sólo estaban de parranda a la espera de clavarnosla por la espalda con esta nueva entrega remasterizada, que aunque parezca mentira siguen habiendo cosas por editar. Espero que al menos esta vez ya hayan sacado todo el material que les quedaba a los señores de EMI en los cajones de la discográfica, porque otro lanzamiento de discos, con su consiguiente repaso de los mejores temas ya no sé si lo podría soportar. Pero me asalta una duda: ¿tendrán ya en mente una edición remasterizando lo remasterizado?

Pero ya me puedo olvidar del asunto, porque estos días, en la tele, la prensa y la radio nos volverán a dar por saco con el maldito submarino ese, seguro. Espero que al menos esta vez en EMI, aunque no creo, cojan la llavecita del cajón que pone Beatles y la escondan bien para que nadie dé con ella en los próximos 20 años. Mientras tanto, tendremos que aguantar la tortura a la que nos van a someter, aunque eso sí, si nos tienen que torturar, al menos que la tortura sea remasterizada.



J. Coltrane

lunes, 31 de agosto de 2009

Demasiado Tiempo Para Tan Poca Música


Llevaba varios días a la espera de leer la crítica de AllMusic sobre I Look Into You, el nuevo disco de Whitney Houston que sale a la venta mañana 1 de septiembre, y cómo no, bajo la tutela de Arista, sello que sigue confiando en ella. Me preguntaba con cuántas estrellas le darían en la cabeza a la Houston y casi he acertado en mi predicción. Yo me dije a mí mismo que no le darían más de tres y que seguramente serían dos y media. Pues bueno, al final han sido tres las estrellas, todas ellas muy generosas desde mi punto de vista. Y digo eso porque he podido escuchar fragmentos del disco en Amazon y la verdad es que me ha parecido muy muy flojo.

Aunque no siempre estoy de acuerdo con las estrellas de AllMusic, muchas veces las clavan. Pero es cierto que hay discos que me encantan y que esta gente los dejan a la altura del betún, como por ejemplo el I'm Your Baby Tonight de la misma Whitney que salió en 1990 y que a pesar de la poca estima de la crítica yo lo encontré un disco muy fresco y muy en consonancia con lo que hasta la fecha había hecho la cantante de New Jersey.

Ahora, escuchando por encima I Look Into You, me estoy pensando si comprarlo o no comprarlo, y directamente bajarlo por internet. Whitney Houston ha sido uno de mis iconos musicales de los 80 y los 90 por esa voz y esa carita angelical que tenía y que mezclaba a las mil maravillas con letras y producciones de lujo. En cambio ahora, pese a la espectacular producción que firma el nuevo trabajo, me voy a pensar muy mucho hacerme con este disco.

Desgraciadamente parece que tantos años junto al figura de Bobby Brown, el cantante más fotografiado por la policía, y junto a demasiadas sustancias inyectables y esnifables le han pasado factura en esa voz que fue la mejor durante dos décadas. Por eso Aretha Franklin la apadrinó a ella y no a alguna otra. Ni Mariahs Careys ni leches, la gran voz era la suya, porque el resto vinieron detrás, siguiéndola a mucha distancia.

Uno de sus rasgos distintivos fue siempre ese enorme y preciosa sonrisa que lucía en todas las portadas y en sus apariciones en público. Desgraciadamente eso también ha desaparecido en I Look Into You, porque en esta nueva portada muestra a una Whitney triste y apagada, con cara de qué hago yo aquí si querría estar en la cama bebiendo (un vaso de leche). Además, he encontrado un vídeo de promoción en Amazon en el que habla distante, apagada y en nada se parece a aquella jovencita alegre que fue años atrás. Vamos, que parece que más que presentar su nuevo disco esté de entierro.

Es una pena, y me pregunto si en este punto y con este pasado podrá aguantar una gira de promoción poniendo buena cara a las miles de preguntas repetidas a las que la acosarán. Viajes, hoteles, aviones, países varios. Bueno, habrá que ver si habrá algún tipo de promoción, ya que en su página web sólo se hace eco de una en New York y otra con Oprah Winfrey, por lo que quizás es que no hay nada programado. Personalmente pienso que sería lo mejor para su imagen, pero se hará difícil vender el disco así.

Pero lo peor de todo, aspecto físico a parte, es su aspecto musical. Es como si Whitney creciera y su música decreciera. Buscando un sonido más neo Soul y discotequero no sé si es el camino para reencontrarse con sus mejores años musicales. Quizás un Soul más clásico, con menos electrónica y menos intenciones de sonar en un club nocturno hubieran sido la respuesta a 7 años de incertidumbre musical desde Just Whitney (sin contar su disco de Navidad de 2003).

Y viendo los temas, pues no parecen muy conseguidos. Su voz no brilla con la fuerza que lo hacía antes y las letras no rematan las canciones. Quizás Million Dollar Bill está a buen nivel, pero no hay muchas más así. Y es extraño, sobre todo por contar con gente como David Foster, R Kelly o, curiosamente, Harvey Mason Jr (el hijo del reputado baterista de Jazz Harvey Mason). Pero sea como sea, la cuestión es que el disco no engancha, ni creo que vaya a pegar mucho en las listas, por eso miro hacia atrás con tristeza recordando aquellos tres primeros discos de Whitney que fueron super ventas y entonces pienso que quizás hemos esperado demasiado tiempo para tan poca música.



J. Coltrane

miércoles, 26 de agosto de 2009

2032 North Broad Street, Philadelphia


Pues no, desgraciadamente no es mía. Me encataría que así lo fuera porque eso querría decir que habría estado frente a ese mural, pero no es el caso. La foto en cuestión se encuentra en el 2032 de la calle North Broad St, en la ciudad de Philadelphia. Es una pena, porque este verano pasé por Philadelphia, pero sólo pasé por el aeropuerto, aunque me hubiera gustado ver ese mural de cerca y poder sacarle algunas fotos para tener de recuerdo. Para un fan de Grover Washington, Jr. como yo hubiera sido como fotografiar un monumento al Jazz.

A veces lo hago, selecciono un músico/grupo que me gusta y por unos pocos días me dedico a volver a escuchar todos sus discos con detenimiento, degustando de nuevo aquellos viejos sabores. Así que estos días me ha dado por saborear de nuevo la discografía de Grover Washington, Jr. que tengo en mi discoteca y me he puesto a buscar información sobre el artista nacido en Buffalo y que estuvo afincado en Philadelphia, y me ha aparecido esta imagen que me ha encantado: un mural de Grover Washington, Jr. en plena ciudad de Philadelphia, tocando su saxo alto.

Pero la imagen no sólo me ha encantado, me ha hecho pensar en muchas cosas, pero sobre todo en si esto podría pasar en Barcelona, donde yo vivo, o en cualquier otra ciudad de España. O sea, ¿os imagináis a un icono de la música moderna (que no sea mediático y vaya sucio y mal vestido, quiero decir) en un mural en plena calle en Barcelona? ¿o de alguna otra ciudad de España? Pues francamente yo no. No me lo puedo ni imaginar en un país como este sin promoción musical, donde Operación Triunfo es un referente musical, de un país donde no hay diversidad musical ni en radio ni en televisión (donde ya directamente ni hay) y, mucho menos, en un país en el que siempre escuchamos la misma e insustancial música.

Así que me he quedado un rato escuchando y disfrutando algunos de los grandes temas de Grover: Just The Two Of Us, Sacred Kind Of Love, Inner City Blues, Mister Magic, Take Me There y tantas otras de este fanático de los Philadelphia 76ers, cosa que demostró en el tema Let it Flow (For Dr. J), dedicado a la gran estrella del equipo de Philly: el mítico Julius Earving. Y con esto me ha venido a la cabeza aquella noche de hace 20 años en la que descubrí en una caja de madera del cuarto de mi hermano una cinta de casette del increíble álbum Winelight, que ya no dejé de escuchar a escondidas durante incontables noches metido en mi cama con el walkman a mi lado.

También me he quedado pensando que, a pesar de una carrera con subidas y bajadas, y con muchas críticas porque su música era poco digna para los más puristas del Jazz, definitivamente fue otra de esas figuras de la historia de la música que tendría que haberse quedado con nosotros bastante más tiempo del que lo hizo para seguir dándonos discos como los que él sabía hacer. Muchos otros podrían haberse ido antes que él, pero en la música, como en la vida, no siempre sucede lo más justo.

Pero lo que sí es cierto es que no muchos músicos han dejado un legado musical como el que dejó Grover Washington, Jr. (1943 - 1999) tras de si. A parte de varias decenas de discos, como digo, algunos mejor y otros peores y menos acertados, dejó un estilo y un sonido inconfundibles que uno reconoce al escuchar su saxo en cualquier pasaje de cualquier tema. Esa distinción le llevó a ser imitado hasta la saciedad, y como he dicho tantas veces, esa es la mejor indicación de la calidad de un artista: la huella que deja en las generaciones venideras. Por suerte, alguien resumió ese legado en el mural en el número 2032 de North Broad Street en Philadelphia.



J. Coltrane

miércoles, 5 de agosto de 2009

Dos Notas, Dos Colores

Aunque Beautiful Mess apareció en el mercado en 2008 en Japón, no ha sido hasta este julio de 2009 que ha aparecido en el mercado americano bajo el sello Sanachie, por lo que he aprovechado mi visita a los Estados Unidos para comprarme el último disco del dúo inglés, del que hacía más de diez años que no compraba ningún disco; y la verdad es que estoy encantado. Tras escucharlo a conciencia estos días, tengo la sensación de que todo este tiempo no ha sido perdido y siguen en forma, dejando claro que lo suyo es el pop con un matiz Jazz que le da un gusto especial. Y con este, van 22 años en el mundo de la música.

Diez temas nuevos más cuatro remezclas de algunos temas nuevos y del clásico Breakout (no es ninguna maravilla, por cierto) componen el disco. Escuchar a Swing Out Sister una vez más es como ver una pelicula antigua, el grupo sigue sabiendo cómo saber sacar partido a un sonido muy especial que se convierte en intemporal. Es un compendio de temas con un sonido de pop de calidad, con arreglos e instrumentación de lujo, como es costumbre en ellos.

Para mi gusto, uno de los mejores temas del disco es Something Everyday, un magnífico medio tiempo en el que brilla la voz de Corinne Drewery sobre un conjunto de coros que le dan un sonido retro impactante y fresco. Otro de los temas estrella es I'd Be Happy, un clásico tema al más puro estilo Swing Out Sister con una letra muy positiva y un conjunto sonoro entre la voz y la instrumentación que sobresale de forma espectacular. Pero sin duda, el tema del disco es Secret Love, un tema con un saxo y una guitarra rítmica de fondo que quitan el hipo. Personalmente creo que ya falta una versión house de este tema, es perfecta para ello.

Y cambiando de nota, una mucho más oscura; otra de mis joyitas de estos días es BLACKsummers'night, lo último del cantante Maxwell, el cantante de New York. El disco, aparecido hace apenas un mes, ha tenido una gran acogida por el público, y no es para menos. La verdad es que por fin me decidí a comprar un disco de Maxwell. Me encanta desde que me descargué el Urban Hang Suite de 1996. Aquel disco era espectacular, así que decidí bajar el resto y comprar el siguiente que editara. El problema es que Maxwell es un músico que cuida mucho sus trabajos y edita discos muy de cuando en cuando. Así que he tenido que esperar 8 años desde que editara Now, para poder comprar lo más nuevo: BLACKsummers'night, también para Columbia.

Como no podía ser de otra manera, BLACKsummers'night es espectacular, un disco hecho con cariño en el estudio, trabajado tema a tema, con un diseño estético como siempre muy cuidado y creado nota a nota para darle ese toque distintivo que tiene Maxwell y que hace que esté a la altura de otros como Tony Rich o D'Angelo, y que, por suerte, le deja a kilómetros de estrellas del R&B como Beyoncé o Riahnna. El aspecto negativo es que el disco sólo ofrece 9 temas, que visto como está el panorama musical actual, se me antoja muy ofrecer muy poco a los fans. Pero qué se le va a hacer, mejor 9 buenas que 14 malas. Sin olvidar que hay una versión con DVD incluida de Maxwell en concierto.

El maestro del neo-Soul nos ofrece todos los temas compuestos por él a medias con Hod David con su sonido sensual y relajado, una voz de lujo que mejora por momentos y una instrumentación totalmente acústica, entre el que destaca (como curiosdidad) Kenneth Whalum III, sobrino del genial saxofonista Kirk Whalum. Y no hay más que escuchar el primer tema, Bad Habits, para darse cuenta que nos esperan casi 40 minutos de primera categoría. Olvidando el sonido relajado del principio, Maxwell apuesta por un movimiento más enérgico con Love You, desplegando su voz en una tonalidad que brilla sobre los vientos durante el transcurso del tema de forma impactante.

Desgraciadamente aún no he tenido la posibilidad de escuchar estos temas en el equipo de alta fidelidad de casa, pero ya me apetece hacerlo. Encenderlo, subir el volumen y escuchar por ejemplo Phoenixrise, un tema instrumental de los que suele tener Maxwell en sus disco y que resulta a medias entre el Soul y el Jazz. Tampoco querría olvidarme de escuchar Playing Possum, donde su voz sobrelleva toda la canción casi acapella, dando paso ya al final a la melancólica trompeta de Keyon Harrold. Así pues, lo dicho, ya estoy que me muero por subir el volumen, sentarme en el sofá frente a los altavoces y pasar un gran rato con este par de discos de excepción.



J. Coltrane